Reflexiones
¿Dónde he puesto mi cabeza? La memoria en tiempos de Inteligencia artificial

¿Dónde he puesto mi cabeza? La memoria en tiempos de Inteligencia artificial

La memoria es uno de los grandes temas a los que debemos prestar especial atención. Por un lado, los avances en neurociencia nos están ayudando a comprender mejor cómo funciona esa parte de nosotros que nos convierte en seres acompañados por un pasado. Ya no pensamos en la memoria como en un registro fijo de experiencias pretéritas, sino más bien como en un proceso vivo que evoluciona con nosotros. Acceder a la memoria no es un ejercicio de lectura, sino de reescritura.

Por otro lado, los desarrollo tecnológicos avanzan en direcciones que pueden hacer que la memoria cambie y se convierta en otra cosa. ¿Es esto posible? El mundo digital almacena una documentación inmensa de nuestro pasado en forma de textos, vídeos y fotografías. También en muchas otras formas como las canciones reproducidas, los sitios en los que nos hemos identificado con usuarios y contraseñas, los pagos a través de plataformas o datáfonos, y los recorridos registrados en Google Maps. Una biblioteca inmensa que refleja nuestros días consumidos.

Escultura de la serie Sea of memory de Noriko Kuresumi

Ted Chiang describe en uno de sus cuentos, La verdad del hecho, la verdad del sentimiento, un futuro en el que se grabarán constantemente nuestras vivencias. Después estas podrán ser recuperadas en cualquier momento, reemplazando a la memoria. No hará falta fiarse de los recuerdos, subjetivos y a menudo difusos, cuando sea posible volver a ver qué es lo que ocurrió de verdad reproduciendo grabaciones de una enorme base de datos multimedia.

“Reemplazar” es el verbo clave de la trasformación digital. Los nuevos desarrollos tecnológicos no están complementando las formas tradicionales de hacer, sino que las están sustituyendo. Tienes tantos ejemplos a tu alrededor que no me voy a detener en ello ahora. El relato de Chiang nos advierte de que el reemplazo de la memoria tendrá consecuencias.

No hace falta avanzar en el tiempo para observar cambios en la memoria. Pensemos, por ejemplo, cómo de determinantes han sido siempre en su construcción los relatos posteriores. Muchos recuerdos de mi infancia fueron tomando forma mucho después de que ocurrieran los eventos a los que hacen referencia. Se fueron dibujando a través de las narraciones de mis familiares, testigos de aquellos momentos, y de algunas fotografías. La subjetividad de las primeras y la parcialidad de las segundas hacen que mis recuerdos tengan multitud de pliegues y que sean flexibles, como las esculturas de la serie Mar de memoria de Noriko Kuresumi.

Las últimas generaciones cuentan con una infancia mejor documentada. El salto primero de la fotografía analógica a la digital, y después de las cámaras fotográficas a los teléfonos móviles ha multiplicado exponencialmente el número de imágenes y vídeos. Me pregunto si este cambio, aparentemente cuantitativo, no supondrá ya uno cualitativo en términos de memoria. ¿Tendrán los jóvenes de ahora una memoria más detallada de su niñez gracias a un acceso inconmensurable a fuentes con las que construir sus recuerdos? ¿Tendrán menos posibilidades de reinterpretar esos recuerdos desde su presente?

Aún podemos darle una vuelta de tuerca más porque estas generaciones no van a tener tiempo suficiente en sus vidas para repasar todas las huellas digitales que están dejando, pero tampoco les va a hacer falta. Los algoritmos de las plataformas en las que almacenamos nuestros recuerdos digitales se encargan de hacer la selección, de llamar nuestra atención sobre algunos acontecimientos del pasado mientras que otros quedan en su/nuestro olvido. ¿Reflejará la memoria de las nuevas generaciones la forma filtrada de las selecciones automáticas? Ben Jacobsen y David Beer lo han investigado en su reciente ensayo Social Media and the Automatic Production of Memory, donde explican que “a través de la combinación de la clasificación y la jerarquización, la producción automática de las así llamadas memorias implica que los usuarios de redes sociales ya no tienen que escarbar; no están excavando, como sugería Walter Benjamin, sino que la excavación está siendo realizada [por las máquinas] en su lugar”. Y coinciden con mi preocupación al señalar que esto hará que “las propias memorias vayan a cambiar, pero también lo hará la comprensión de lo que son las memorias”.

El concepto de memoria está siendo reemplazado. Un vídeo no es lo mismo que un recuerdo, nos muestra Chiang en su cuento. La reproducción de una grabación no se adapta a las emociones del momento actual, no acepta matices ni perspectivas. No son un ejercicio de reescritura, sino de lectura de unos fragmentos seleccionados por una plataforma digital (según los intereses de esta). Reflexionar sobre si ganamos o perdemos con la diferencia es un segundo paso que nos pilla aún muy lejos. Chiang compara este salto a la invención de la escritura, que también revolucionó la dimensión de lo que podía ser mantenido contra el olvido como reflejó perfectamente Platón con el mito de Theuth y Thamus. Antes de adentrarnos en ese debate, que sería clave antes de aceptar el cambio, deberíamos dar el primer paso: reconocer que está ocurriendo el reemplazo y asumir que es posible que la tecnología haga que lo que entendemos como memoria acabe transformándose en algo muy diferente.

Escultura de la serie Sea of memory de Noriko Kuresumi
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